El Limonero
Hoy pasé en frente a una sencilla casa,
de un piso y pintada blanca , con una reja baja y labrada,
en su ante jardín tenia un maravilloso árbol cargado con amarillos limones.
de un piso y pintada blanca , con una reja baja y labrada,
en su ante jardín tenia un maravilloso árbol cargado con amarillos limones.
Algo ocurrió en mi interior, un calor me invadió el cuerpo y me introduje en ese sentir, el aroma del azahar, el dulzor y acides de
los frutos y el color de las flores de ese jardín conmovieron mi alma.
Recordé el sentimiento del hogar soñado, sentí el anhelo juvenil
de mis 30 años, cuando era esa la etapa de vivir en esa sencilla forma, la que con los ojos del amor todo lo transforma en la riqueza del reino deseado... el hogar.
Visualicé a mis niños jugando alrededor de ese árbol perfecto
y
el agua nutriendo la tierra y el pasto verde y fresco que sin duda mantendría
con amor y dedicación.
Entonces las lagrimas llegaron al borde de mis ojos, las contuve unos segundos, las
saboree luego y muy pronto y después de un profundo suspiro canté a los nuevos tiempos, convencida de que los nuevos tiempos son los correctos y que
los sueños de mujer niña ya estaban acabando.
Hasta hace muy poco aun soñaba con ese hogar compartido,
esta vez con el hombre que llenó completamente mi alma inquieta, y satisfizo mi cuerpo ansioso de dar y
recibir sin trabas ni temores, soñaba con cuidarlo solo a él.
Con los niños crecidos y de visita, con los nietos riendo y
jugando para luego disfrutar un queque de plátano y ralladura de limón.
Con el tiempo a nuestro favor, el tiempo que queda y que por
poco que fuera seria nuestro en plenitud.
Esa plenitud que es provista por dos seres que a pesar de
todo se aman, se perdonan y no se abandonan.
Hoy pasé de largo por esa casa con el limonero que brillaba,
lloré y ahora sonrío porque creo que alguien vive ahí y si Dios quiere… es feliz.



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