Wednesday, April 05, 2006

La cuculi

“Entrelineas escondidas, aunque hablo por lo general de frente, con sombrero de ala ancha, para solapar mi frente, confundido entre la gente diversa convulsa, divergente, con rimas, estados, intentos, y por supuesto entusiasta ante el complejo dilema de siempre...convoco los Dragones habitantes del infierno, los Duendes y las Hadas, las Gárgolas, Brujas y Angeles, para esta noche encontrar una sola frase que diga lo que siento, que invite al sutil pensamiento resbaloso y confuso a mostrarse y al fin expulse desde el estomago la piedra roja, ardiente y filosa que hiere mis entrañas.”...Julian.



Observaba tras la ventana cada movimiento, con libidinoso placer, sintiendo el crepitar de terminales nerviosas que se agolpaban en sus sienes formando un torrente convertido en esta etapa de su vida, huracanado y feroz.
Silencioso al caminar, los dueños de casa no percibían su paso ni su presencia, era una sombra mas de las habitaciones lúgubres y hediondas a humedad.

Pensaba que los patrones tenían el sentido del olfato atrofiado, o quizás las botellas de perfume Italiano, tan costosas y codiciadas por sus amistades criollas tenían un efecto embriagador e hipnótico en ellos.
A Panchito, los aromas, olores, hedores y demases lo tenían indiferente, él mismo olía a jabón “popeye”, porque desde los pañales no usaba otra cosa, daba lo mismo; a fin de cuentas nadie se acercaba a su cuello, ni sentía la suavidad de sus contornos. Solo a si mismo es a quien importaba la pulcritud del pellejo, sometiéndose a extenuantes rutinas de limpieza.
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Puccini, acordes del viento, delicias del más tierno de los hombres, recreaba la atmósfera, la teñía de un ligero azul, el aire antes enrarecido y rancio volviase liviano, fresco transparente con visos de plata y rayos ilustres de estrellas lejanas.
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Panchito, nada sabia de cuerdas ni de sonetos, nada sabia de conciertos, ni de geniales creaciones, de creadores suicidas, sordos y atrofiados en todos los sentidos menos en el máximo de todos el de sentir la música aun sin oírla.


Desde un rincón, Julián lo observaba, en su interior sospechaba cierta delicadeza en este especie de hombre sin edad ni historia. No le temía, sin razones objetivas que justificaran tal percepción, Panchito tenia un cuerpo enjuto, su piel sin tiempo definido, con un rostro deformado por las cicatrices del sarampión purulento e infectado, sometido al rigor del sol. El silencio sostenido, la mirada baja sin insolencia, las manos juntas sobándose hasta el ardor, como una caricia interminable que gasta la piel seca en concordancia con los desérticos pensamientos que Julián imaginaba pasaban por la cabeza de Panchito.


Y fue él, quien le puso Puccini, una vez que lo encontró apoyado de espaldas al grueso muro exterior del salón, con los ojos cerrados y los brazos extendidos aspirando esponjado, entregado y recibiendo cada nota del maestro, en su sonatina del dulzor de dioses, y ver una lagrima en cada mejilla resbalando tortuosamente, recorriendo cada surco y grieta, lentamente encaminándose hacia el cuello, una gota brillante cual lucero, receptiva a la luz del sol, la gota de sal... la gota de sentimiento de un éxtasis terminal.


Desde pequeño, Julián vacacionaba junto a sus padres en la casa patronal del fundo de Paine. Hijo único, sabia jugar solo, y como raras veces invitaban otros niños al fundo, y no tenía primos, ni amigos cerca , su única distracción se convirtió en vigilar al extraño Puccini, quien por esa época tenia su altura y un poco mas, aunque sus rasgos eran gastados y duros, su mirada era dulce y profunda... cuando se decidía a mirar a los ojos.


Verano tras verano transcurrido, las cabalgatas con el padre por tardes enteras, perdiéndose en el horizonte, lado a lado, con caballos briosos, lustrados con esmero por Panchito se convirtieron en un oasis mental para el hijo, que recibe a través del silencio presente, al padre orgulloso y altivo.
A lo lejos quedaba la figura del sospechoso, del que nunca ríe, y quizás nunca sueña, ante sus ojos de niño, la sombra del Pancho era motivo de gran curiosidad.


Una tarde lo invito a cazar conejos, en realidad la caza consistía en poner por doquier trampas hechas con cajas de cartón, un palito y una cuerda, harto enclenques ante el nervioso roedor, Julian seguia unos pasos atrás a Panchito el cual riguroso en su paso concentrado olfateaba cual indio americano de película gringa, Julián lo creía capaz de descubrir la presencia de cualquier cosa con vida en el monte, le gustaba imaginarlo como un descendiente directo del mejor trampero de la zona. No era así, la actitud olfativa solo era eso; una actitud, para agradar al muchacho, para quedarse el mayor tiempo posible cerca del niño de cabellos de oro, de su simpleza he ingenuidad, de su modo tan caballero de tratarlo, Julian se percataba de su presencia, sin aspavientos, sin asco ni muestras de ningún tipo emocional, lo veía y posiblemente contaba con él.


Durante los meses de Otoño e Invierno, la casona permanecía cerrada, sus muebles tapados con telas blancas y la chimenea seca sin espinos. Los empleados se relajaban, consumían a destajo la producción de verduras y frutas exquisitas del fundo, recibían en sus pequeñas casas a sus amigos con vino, canciones y cuentos de lo más sabrosos de sus patrones tan respingados.
Una casi leyenda contada era la vez que el patrón se enfrentó al capataz del fundo vecino, dicen las malas lenguas que corrieron balas y sangre del susodicho, que la señora lloraba desconsolada y que nadie sabe si lloraba por el rasguño en el brazo del patrón su esposo o por los sesos desparramados por la tierra del gallardo campesino atrevido... como sea era bien buenmozo el galán.


Las historias contadas de noche frente a la fogata luminosa en esa boca de lobo, se volvían espeluznases, Panchito escondido tras un barril de vino escuchaba tiritando de emoción y miedo, deseando encontrarse con las culebras, “los osos”, los malhechores cuatreros y rondines con perros, para que al fin vean su valía y su gran fuerza esa que proviene del corazón de un guerrero.

Sin padre ni madre conocidos, Panchito era un guacho, recogido por la buena señora que tan pronto lo entrego al cuidado de la esposa del cochero se olvidó de él, de sus ojitos llorosos, de sus manitas engrifadas,
- ¡Dele de su leche María, para eso Ud. tiene harta, no sea egoísta!


Eso fue todo, y a planificar el verano, las visitas elegantes llegarían pronto y el olvido también.
Al pasar los años Panchito se enfermó como todo niño de sarampión, varicela, paperas y un cuanto hay, y pasó cada una de las fiebres en pié cebando mate para otros, ordeñando las vacas, cosechando del huerto lechugas frescas para la casa grande y sus patrones, retirando los huevos frescos del gallinero, y a medida que se fortalecían los músculos y el temperamento sus funciones aumentaban en dificultad y tiempo, estaba disponible siempre ante un silbido del capataz, llamado al que no se resistía.

El día que los Belaustegui llegaron al fundo, Julián y su madre les esperaba en el portal de la casa, sonreían con amabilidad, y sin muestras de ansiedad esperaron quietos a que el chofer abriera la puerta del auto y ella bajara cual princesa, se sentía segura de impresionar con su vestido amarillo, encaje en el escote y un lazo en la cintura, el perfume de jazmines acompañaba al cabello que se apoyaba sobre sus hombros como una invitación a tocarlos.
Tres postes de gruesa madera añosa sostenían el portal, y tras el ultimo de ellos se asomaba Puccini, Panchito, él, el muchachito, lo nombraran de la forma que fuese él entendía y se ponía a la orden, cabeza gacha sin mirar a los ojos y sobando sus manos obsesivamente, un silbido, y Puccini corrió a retirar las pesadas maletas del coche, contenían lo necesario para una temporada extensa de apacible verano.
Al entrar al salón, y luego de los saludos de rigor, las miradas dulces entre los incipientes amantes comenzaban, los roces de sus manos de forma casual, las mejillas sonrojadas, y la corriente recorriendo los cuerpos e inundándolo todo. Ante sus ojos tenia al hombre que seria su esposo, y al cual se entregaría en cuerpo y alma, cuanta dicha y cuanta ansiedad de ver pasar el tiempo con rapidez para estar al fin en sus brazos.
Un paseo por los alrededores, solos cabalgando libres, la distancia y el entorno, más hermoso que nunca antes se precipitaba ante sus ojos, seria el marco para dar rienda suelta a la pasión por años cuidada y restringida, había permiso por dos horas, solo dos antes de la cena.
Puccini les seguía a muchos metros, casi no se distinguía, su silueta se confundía con los arboles, pero ahí estaba... cumpliendo ordenes de su patrón, cuidar al niño y ahora a la niña. Cuidarlos de sí mismos y de los arrebatos impensados de ese amor.
Una ladera verde, con frondosos árboles, distanciados y comunicados entre si por el viento les ofreció su sombra y su falda para detener el brío de los animales y encausar el propio que se aproximaba en galope, torrentes sanguíneos, eléctricas emanaciones que como flechas de cupido, hacían de ese entorno un paraíso para el amor........



Una espada atravesó el vientre de el buen Puccini, los acordes del viento, el mecer de las hojas entreveradas danzando locas , fueron como hiel que tragó perforando sus paredes de fuertes músculos, y elevadas ansias, y ascendió al cielo y consumió su aliento en un ultimo suspiro...cuando la doncella beso los labios rosas del amado, cuando esas blancas manos se apoyaron en su pecho, y recibió un susurro a cambio y se cruzaron las miradas consintiendo el pecado, adelantando el día tan deseado por ambas familias, el de las nupcias.
Pobre panchito...esta vez las lagrimas que brotaron recorriendo los surcos gastados, no eran del deleite de los sentidos, ni de emoción ante el encuentro con la fragancia de un soneto, eran lagrimas amargas, y su sabor áspero atravesó como vidrio molido la comisura de sus labios para convertirlo desde esa tarde y para siempre en el ser mas sombrío jamás conocido.

De ese amor juvenil solo queda un corazon grabado en el tronco del arbol testigo de un amor fugaz, que nunca supo el dolor causado.


Acabado el verano del año 1976, Julian volvió a la capital a preparar las maletas y al corazon de su madre para un prolongado viaje, sus estudios superiores los realizaria como era de esperar para un muchacho de su alcurnia en Europa, junto a la creme de la creme. Y silvana se caso con un medico connotado de la ciudad. El huerto dejo de producir, y la señora dejo de hacer sonar la campanita, y los enormes y negros coches de los patrones dejaron de llegar, a partir de ese verano y para siempre, los muebles se taparon con blancas sabanas y puccini se tapo con la negrura de la noche, su alma oscureció tanto , que pronto su comportamiento fue errático y comenzaron los rumores entre los campesinos de su locura, e incipiente peligrosidad.

Quedó solo, como el mas puro de los principios del hombre.




A partir de entonces...

La pradera recorrida a galope, las sandias caladas con desbordante salivacion, el sol inundando el arroyo, las aves picoteando las semillas regadas por doquier..todo eso dejo de ser un espectaculo, se hizo la noche en los sentidos, y solo en su cuarto, cerrando los ojos vivia cada noche un verano tras otro, y el sentimiento de ser visto con ojos amables por un unico otro que no lo rechazó nunca.


Transcurridos 20 años en los cuales la unica noticia que tuvo del señorito fueron tres postales desde Roma donde Julian estudiaba artes y ciencias, las cuales lo convencieron de que debia volver a verlo, y comprobar asi que sus sueños no eran quimeras y que ese muchacho tan amado era suyo...suyo
Su amigo, su dueño...su amor.

Comenzó a crear u sonido gutural, parecido al del viejo gato Melchor, cuando lo mecía abrazando su cuerpo, apretando su garras recibiendo su agrio aliento, y aprendió a cantar un mantra que hipnotizaba sus sentidos elevándolo al mas supremo estado en el cual creó el mundo para recibir a su preciado tesoro, su amado niño de cabellos de oro, y esperó hasta el día, que vio acercarse un viajero, le rogó leyera la direccion del los patrones en Santiago, y respondiera con una misiva urgente...”debe venir a la hacienda, es urgente señorito, lo espero el miércoles 3 de enero”


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3 de enero de 1996


Iluminada con velas, estaba la habitación las sombras de su cuerpo reflejadas en los gruesos muros de barro, mostraban imágenes espeluznantes, ocre desteñido y chorreado, saliva de insectos, humores impregnados desde antaño. Los sillones roídos por las ratas que gustosas hacían nido en su lana caliente teñida de orín y exhalando hedor a excremento, aun así y a pesar de todo eran bellos, su elegancia y finas maderas los preservaron dándole al lugar el aspecto señorial, de un castillo medieval.

El circulo de tiza estaba listo, solo faltaban quince velas para iniciar el festín, las traería Julián a las ocho en punto, las quince del ritual mayor, se posarían sobre el altar preparado con cuidado y recogimiento.
Estaba alterado, nervioso muy tenso, habia planeado esta noche con cautela, nada fallaría porque era necesario una prueba final, un desconcierto, una imagen imborrable...
El viento rugía, las ventanas con pedazos de vidrios apenas soportaban su implacable precipitar, el fuego danzaba y la adrenalina recorría su débil cuerpo, temía reventar ante cada latir, un tambor retumbaba en los sesos...tum-tum.


Su cuerpo arqueado, con garrotes de infancia, las cicatrices del dolor estampitas de santos en la espalda se exhibían impúdicas, sin rezos, sin ruegos, sin alabanzas.

La gota de perfume reservada, estaba en su rostro impregnando la piel rajada, recuperando de la memoria las caricias y los besos que soño recibir , aquellas que como petalos lo cubrieron hace mucho tiempo, tanto que ya no importaba, porque fueron sueños, tal vez imágenes prestadas que volvieron al dueño verdadero.

Sus ojos húmedos recorrieron el espacio sin tiempo de ese instante no rotulado con un ayer, un mañana o un hoy.


Los mantras comenzaron, al ritmo del pulso despacio, despacio, en susurros nacía un lenguaje sin sentimiento, sin pensamiento, sin premeditación, solo surgía, flotando en el aire empapando los muros, el techo negro de hollín, la chimenea con restos de brasas húmedas y añejas, los trapos rasgados que algún día fueron cortinas...tum-tum-tum

Las venas imflamadas, el vientre abultado, hinchado, agripado, seco, desnutrido.

Siete y media pasadas, o serian ocho y media? ya no importa.
El sonido gutural lo era todo, adquiria fuerza, era un cuerpo, rellenaba espacios, se apoderaba de todo, el mantra cría, el mantra envolvente, y cantaban los ojos cerrados, y cantaban las manos extendidas, la pelvis ondulante, la lengua ferviente, las velas inodoras, silentes y redundantes.

-Espectadoras inocentes dos palomas en su nido entechado, guarecidas del viento y la lluvia cuidaban sus crías siempre hambrientas, piel rosada aun sin plumas.
La cuculí no canta, es de noche y ella lo sabe, solo observa, la otra se esponja, duerme serena se siente protegida. -

La puerta cruje, pesadamente es empujada solo un poco, Julian entra de lado sigiloso, casi en puntillas no hay canción solo silencio, el circulo intacto, la luz envolvente de las velas aun encendidas convocan monstruos mudos, reflejos antiguos y nuevos, espejos rotos, ilusiones vanas.
Una brisa suave y fría recorre su cuello, se eriza se encoge, el terror lo nubla, mareo, inconsciencia, desmayo...
tum-tum------tum-tum.

Al abrir los ojos nuevamente, de espaldas en la sucia alfombra, reconoció el cuerpo que cuelga de la viga, marchito, azul, bendito, un ritual conocido, una mascara, una huella del dolor que huele a podrido, la tiza blanca, el circulo deformado manuscrito de leyendas contadas y no creídas, y el desgarro crece, y la lucha nace.


Desesperado soltó sus amarras, el cuello de acordeón flácido de panchito cae hacia la derecha no soporta el peso de la cabeza, le grita, lo insulta, lo moja con lagrimas y besos, maldice al cielo, al tiempo y al mismo infierno, pero ya es tarde porque no hay aliento ni latidos y solo queda un abrazo sentido largo y tibio al amigo ausente, que abandonado fue a su suerte, que es valorado ahora...cuando ya es tarde.

FIN