El Atico

Aburrida de esperar la llegada de la abuela, recordé el ático y el baúl verde...existiría aun en esta casa?
1973- Diciembre- 2
Luego de tres meses transcurridos del bombardeo en la casa de gobierno, aun y a pesar de los comunicados oficiales en que sostenían las fuentes televisivas que el país estaba en calma y que no había que temer, cada noche estaba prohibido transitar por las calles y los chilenos aprendimos a la fuerza a estar en familia, llegar temprano a casa y superar la difícil obligación de estar encerrados, lo digo por mi mas que nada porque mis abuelos no estaban contentos, se sentían presos, condenados por la autoridad a ser ovejas mansas, sin voz y sin voto que definiera su libertad.
Esa noche de diciembre, mi abuela corría por la casa, desesperada, pálida, descontrolada, decía que no podía soportar un día mas así, yo escuchaba su voz hablando a las paredes, rebotando en su pecho sangrante y desesperanzado.
Los caramelos que ella guardaba en el ropero de los espejos, estaban deliciosos, me tenían escondida tras su cama mientras los comía, y el silencio antes quebrantado por sirenas ahora se combinaba con el crujir de envoltorios de frutillas y manjar y limón, yo creía sinceramente que mi abueli no tenia idea de mi presencia en su cuarto, pero esa noche la sentí acercarse con paso firme hacia la puerta, gritando casi afónica, las ráfagas de metralletas sin aparente dirección parecían flotar por doquier, y me tomo del brazo y alzándome como una pluma me metió en el baúl verde metálico que mantenía como un recuerdo de su madre. Escuche la tapa caer sobre mi, y el clic del candado negando no solo la luz, sino la posibilidad de abrirlo.
Una vez mi corazón dejo de intentar salir por mi boca, comencé a escuchar el movimiento en nuestra casa.
¡llegó el abuelo!, siiiiiiii! Es su voz la que escucho, pero esta gritando....
parece que hay mas gentes en la casa! Se escuchaban pasos de gigantes de esos que pisan dejando huellas dolorosas y profundas en la tierra que los recibe temblando.
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Gritos y golpes que parecían bultos cayendo al suelo y ordenes cortas y perentorias, que no entendía, pero ante las cuales sentía una fuerte opresión.
Alrededor de 15 minutos después un silencio total se deslizó por la casa, nada de pasos , ni gritos , ni risas, nada. El abuelo que siempre reía jubiloso, y tenia unos enormes zapatos con los cuales era imposible no escuchar su andar, estaba quieto...raro, muy raro.
Aguce mi oído, a lo lejos escuchaba un sollozo, con un dolor tan hondo que desgarraba mi corazón, comencé a imaginar a la Silvia nuestra vecina llorando por un golpe del marido, o quizás un fantasma que cree que no hay nadie en casa, dicen que los fantasmas solo vienen cuando las casas vacías...quizás era el ánima de mi madre uf. Sentí como abrían el candado, estaba con los ojos llenos de negro así es que la luz me obligo a cerrarlos choqueada, pero el olor del cilantro en sus manos, inundo mi nariz y los sollozos estaban esta vez frente a mi, era mi abuela, me abrazó apretándome contra su voluminoso pecho, blandita ella, olorosita, fuente contenedora y dadora de vida.
Esta vez la mujer temblaba como una niña desprotegida, y repetía una y otra vez “ ya mi niña, todo va a estar bien”, “ya se fueron”, “todo estará bien”, mientras me acunaba entre sus brazos como si fuera un bebé, y sus lagrimas caían copiosamente en mi oreja derecha, (yo pensaba se llenará) y trataba de zafarme para secarla, pero ella me tenia firmemente agarrada, la abueli temblaba, desgarrada, derrotada, herida y muy asustada.
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Recuerdo cuando el abuelo se encerraba en el cuarto de los relojes, y tomaba entre sus dedos gordos una herramientas chiquitas, uy me sorprendía la habilidad que había desarrollado con esas manos tan grandes, para desarmar en cien piezas minúsculas un reloj de mecanismo de cuerda. Reparaba los relojes de todos los vecinos, amigos y parientes, a los cuales convencía de confiárselos para un ajuste o aceitado, riendo luego porque el placer radicaba en abrirlos, desarmarlos descubrir sus secretos y cerrarlos, estuvieran buenos o malos , daba igual.
Era un hombre enorme a mis ojos, barrigón y rosado, con su cabello muy blanco y rizado, sus carcajadas estruendosas eran muy, muy contagiosas, yo al escucharlo caía hipnotizada en ataques de risa que me provocaban dolor de estomago, hasta que la severa abuela, nos mandaba a parar la fiesta con la orden del lavado de manos antes de cenar, u otra similar. Entonces partíamos a hurtadillas abuelo y yo hacia la parte trasera del patio, donde hacia mil años estaba estacionado un viejo auto Ford, que nos servia de club, sin ruedas, ni vidrios traseros, menos radio porque tenia las tripas de cables al aire corroídas por la humedad, pero con unos asientos de cuero negro, mullidos y confortables en buen estado para nuestros simples requerimientos, ahí seguíamos la fiesta con cuentos e historias inéditas inventadas en el momento y regaladas uno al otro. “la triste historia del perro que se creía sapo” era mi favorita, llorábamos de la risa, no se si por lo triste, por el perro o por el sapo, en realidad creo que ninguna razón mas valida que la complicidad lograda, el lenguaje no verbal, la intención del juego que nos ponía a un mismo nivel generacional, rompiendo barreras y mitos así como estructuras y convenciones. Así era mi abuelo, una montaña verde, una gota de rocío, un cuadrito de chocolate con pasas. Ahí nos contamos el ultimo cuento de nuestra vida, hace diez y ocho años y tres meses exactamente, justo la tarde previa al baúl.
Volviendo a la abuela.
Luego de muchísimo rato , cuando aun las balas retumbaban haciendo eco en nuestros corazones, la abuela me soltó, tomó mi mano y amorosa me llevo a casa de la vecina, al cuidado de Isabel su hija. Con ellas estuve posiblemente 2 semanas durante el día. Al llegar la noche aparecía la abuela pálida y cada vez mas delgada, sin explicarme su ausencia y el porque no eran sus cuidados los que enternecían mis días como siempre.
Al fin volvió todo a la normalidad, y luego de meses de preguntas sin respuestas por el paradero de mi abuelo, entendí que ya no llegaría, que esa noche nefasta nos lo había robado sin considerar que aun lo necesitábamos.
Al cumplir 18 años y graduarme en el colegio, postulé a un universidad en otra ciudad, mis ansias de volar y conocer algo mas que esta pueblo, pudieron mas que el sentido de pertenencia gestado junto a Sara, ella muy envejecida, se veía mas anciana para su edad, nunca mas vi el brillo en sus ojos, ni sentí sus fuertes regaños, porque salía mucho, siempre haciendo tramites según decía, fue a partir de entonces que aprendí a estar sin ella.
Cada verano al regresar a casa para las vacaciones , la encontraba mas apagada, como una vela blanca se consumía en una tristeza inconmensurable. Por ese tiempo en mis registros ya tenia incorporado el impactante episodio de esa noche de Diciembre en 1973, los militares hicieron su entrada marcial en nuestra casa, avisados del interés político del abuelo, que no coincidía con el gobierno impuesto.
¡Se lo llevaron! A patadas, como a un perro rabioso, a él, el que reía y contaba cuentos, el que adornaba mi cabeza con jazmines blancos y luego olía mi cabello extasiado, al que llevo por treinta años el desayuno a la cama a la abuela, sin fallar jamás la presencia de una flor fresca del jardín sobre la bandeja, haciendo gala de un amor de aquellos contados y muchas veces considerados de novela. Lo llevaron no sabemos donde, ni porque, solo se que nunca regresó, y que nadie, ni la prensa, la iglesia, y el gobierno menos aun quiso ayudarnos en la búsqueda y reparación de tan terrible suceso.
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Pero esta tarde estoy feliz; por volver a casa, a puertas de obtener el titulo de profesora básica, por tener entre mis brazos a la delgada Sara y darle la noticia de un futuro nuevo que estaba lista para ofrecerle, lejos en un departamento luminoso y soleado, sin tanto trabajo y en especial juntas al fin.
Recorrí la casa en silencio, los muebles estaban intactos, cada cosa en su lugar, la cocina aun tibia por el cocimiento de los huesos para los perros, la cuchara de palo sobre la olla y su gato viejo acostado sobre el mesón impecablemente limpio. Si! nos llevaríamos al gato, el no podría soportar estar un solo día sin ella, y yo tampoco ni un día mas.
En su cuarto, el ropero de los espejos ya no guardaba caramelos, pero aun era un reflejo de pulcritud y orden sostenido en el tiempo, la maquina de cocer tenia el motor aun caliente, evidentemente; ella estuvo aquí hasta hace poco...ahí noté que el baúl no estaba, cosa curiosa que lo retirara de su habitación, puesto que le tenia un afecto especial.
Seguí mi recorrido, y subí al Ático, la abueli demoraba mucho, yo estaba entretenida a esas alturas, redescubriendo nuestras vidas nuevamente, sin la sombra de su tristeza que me dejaba atrapada en un circulo ceniciento.
Habían muchas cosas, cajas con fotos, muebles viejos entre ellos el escritorio de los relojes del abuelo, con cajoncitos pequeños repletos de piezas incomprensibles para mi, las telarañas finamente bordadas le daban a la habitación un aspecto lúgubre y bello.
El baúl verde estaba tapado por telas de cortinas quemadas por el sol, lo desnude lentamente, y abriendo la chapa sin candado, retire de su interior la ropa que guardaba amontonándola a su lado. Su tapa abierta, y su interior oscuro me pareció una invitación macabra, el corazón me latía rápido y discordante, solo se oia mi respiración, los latidos que parecían retumbar en mi boca, y los pelotazos de los niños que jugaban en la calle.
Visualicé en ese instante mi figura dentro pensando que en esos años cabía en su interior perfectamente, y envuelta en un estremecimiento, dejé de pensar y me introduje lentamente hasta calzar casi justa aunque muy estrecha, mi pierna no entraba, y forcejando por unos momentos logre acomodarla dentro, a la vez que se tambaleaba el pesado baúl, con afanado intento, en ese momento la tapa cayo sobre mi cerrando la chapa que calzaba medio a medio aun sin proponérselo. Asustada, me dije en voz alta tranquilizándome, que nada me podía pasar, por experiencia sabia que era el lugar mas seguro de la casa.
Intente levantarla, con el hombro, con la cadera, pero estaba muy apretada y fatigada deje de intentarlo a la espera de la llegada de mi abuela, ella volvería como siempre a casa con su bolsa de pan caliente, peleando con su gato arremolinado sobre el mezón y abriendo ventanas, me escucharía llamarla y me sacaría como antaño del sarcófago.
Una sirena enloquecía por las calles, dentro de la ambulancia estaba doña Sara, con un infarto fulminante que acababa con sus días de pesar, fue ingresada en urgencias del hospital mas cercano a su domicilio, y se mantuvo sin recibir atención médica por dos interminables horas sobre una camilla de pasillo. Cuando alguien reparó su presencia ella ya no estaba ahí, solo se encontraba la palidez de la muerte, y su bello rostro fue tapado con una sucia manta sin detenerse siquiera a una bendición final.
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En este estado sin tiempo, al fin juntos, somos una familia otra vez, la luz es el tu y el yo, y nuestras risas y cuentos son el vuelo de mariposas pequeñas desplegando dichosas su color.
Sentires y pesares, minutos, horas, años, pensamientos geniales, tortuosas culpas propias y ajenas, son una fiesta en la luz, solo alcanzable al desprenderse de la materia.
Así es que no sufras mas “ recuerdo de mi abueli” ya no busques los huesos esparcidos, carcomidos por los peces del mar, en ellos queda tan solo el registro de una vida temporal y por tanto perecedera que sirve de alimento al que busca día y noche, sin encontrar calma porque solo encuentra mas y mas tramites. Y olvidas a tus hijos y tus nietos, las flores y los anhelos, negándote a la placentera convicción de que el día llegará en que serás parte del todo hecho luz.
Entretanto ....mira! las mariposas inocentes vuelan a tu alrededor.



